Esperé media hora para subirme al tren. El andén estaba lleno y los vagones llegaban saturados cada tres o cuatro minutos.
Esperé media hora para decidirme y arrojarme en frenesí al interior de un carro cuando las puertas se abrieron y hundirme en un mar de sudor y paisanos. Íbamos incómodos pero consecuentes, conscientes de las circunstancias.
Llevábamos pocos minutos así, cuando el inconfundible sonido de un tremendo pedote tronado nos puso a temblar. El estruendo retumbó en mis oídos, aun cubiertos por unos audífonos de los de chicharito.
Mi reacción inmediata fue voltear hacia un fulano con cara de angustia y las orejas coloradas. Le regalé mi mirada de mayor desprecio y murmuré hacia mis adentros mi indignación ante el agravio.
Mi reacción fue exagerada; el pedo ni fue apestoso, pero los demás compañeros de viaje también le echaron miradas hostiles. Más de alguno bufó en desaprobación.
Las puertas del metro se abrieron y bajé apresuradamente; a veces soy el único que baja en San Pedro de los Pinos.
Fui el único en bajar y tomé una bocanada de aire fresco. Miré al tren alejarse por el túnel e irremediablemente solté una carcajada. El del pedo fui yo.
Entre Tacubaya y San Pedro de los Pinos, dirección Barranca del Muerto, martes, 25 de octubre de 2016, alrededor de las 19 hrs.
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